
Las organizaciones feministas han sido históricamente mucho más que espacios de reivindicación constituyendo auténticos motores de transformación social y articulando pensamiento crítico que han impulsado la toma de conciencia sobre las desigualdades estructurales que atraviesan la vida de las mujeres.
Entidades que, cuando las instituciones no respondían, han sostenido redes de apoyo y acompañamiento, generando respuestas colectivas frente a distintas formas de violencia estructural.
Desde hace 40 años, APRAMP (siglas de Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida) trabaja con mujeres afectadas por trata y explotación sexual. Realidades que encontramos aquí en nuestro país donde los cuerpos son mercantilizados, evidenciando una de las formas más extremas de violencia contra las mujeres en nuestras sociedades.
Frente a modelos asistencialistas tradicionales, que en ocasiones reproducen visiones paternalistas, APRAMP ha desarrollado enfoques centrados en la autonomía y generado condiciones materiales y simbólicas que permiten a las mujeres reconstruir sus vidas desde la libertad y la dignidad.
Este enfoque ha permitido también producir conocimiento desde la práctica. Las entidades especializadas no solo intervienen, sino que desarrollan metodologías, generan datos y diseñan modelos innovadores. Uno de los más relevantes es el que sitúa a las supervivientes como agentes estratégicos de cambio pasando de ser sujetos de intervención a sujetos activos.
Este cambio de enfoque transforma profundamente la intervención social. Mujeres que han atravesado situaciones de extrema vulnerabilidad pasan a ocupar espacios de autoridad práctica, facilitando la identificación de otras víctimas y generando confianza en contextos complejos, donde el acceso institucional resulta limitado o inexistente.
Los datos evidencian la magnitud del problema y la necesidad de respuestas especializadas. Proyectos de intervención directa muestran que una parte significativa de las mujeres atendidas fueron captadas siendo menores de edad, lo que rompe con muchos de los discursos que aún minimizan la gravedad del sistema prostitucional.
En 2025, la intervención de APRAMP alcanzó a más de siete mil mujeres a través de unidades móviles, centros de acogida y programas de inserción. Estas cifras reflejan tanto la dimensión del fenómeno como el impacto positivo de una atención integral orientada a la recuperación y la autonomía.
Sin embargo, sabemos que podríamos tener mejores resultados si contáramos con mejores instrumentos. Resulta imprescindible avanzar hacia un marco normativo que incorpore medidas de prevención, refuerce la especialización en la atención y garantice procesos reales de reparación.
Asimismo, es necesario abordar las causas estructurales, incluyendo la demanda que alimenta la explotación de mujeres y niñas y las dinámicas que la sostienen.
Rocío Mora. Directora ejecutiva de APRAMP.




